El deshielo
Hibernar es necesario. El calor del hogar, los silencios, la cercanía de las personas que amamos, cuando fuera hace frío. El resguardo, la reflexión, la calma de la naturaleza y su falta de sonido. Todo se detiene para el descanso. Un descanso que necesitamos cada año. Una pausa que nos permita prepararnos, de nuevo, para lo que viene: el renacer.
El hielo del invierno es agua que ha olvidado cómo moverse para poder sobrevivir al frío. Existe una transición dentro de cada día, de cada estación, dentro de nosotros. Somos, de hecho, transición. Y esta en la que estamos ahora podemos llamarla: el deshielo. Ese momento en el que literalmente la temperatura empieza a cambiar y rápidamente la nieve vuelve a ser agua. El agua no se convierte en algo nuevo; simplemente recuerda cómo fluir después de haber necesitado ser piedra, para no desaparecer. Es identidad.
Dura poco este momento en la naturaleza, en comparación con otros que, quizá, se hacen más largos. El sol calienta, pero nada parece moverse. Todo el esfuerzo se vuelca en preparar el camino. Es perseverancia invisible. Aquí creemos en ese calor invisible: el trabajo que no se ve, pero que es el único que permite que, llegado el momento, todo empiece a fluir. El hecho de que sea efímero, lo hace valioso y sus múltiples significados: el paso de lo sólido a lo líquido, o dicho de otro modo, de la rigidez a la fluidez. Empezamos a dejar entrar, empezamos a mostrar. Los pensamientos y las emociones también. Sentimos lo que viene, la ilusión del confort sensorial. Deshelarse es también un acto de honestidad. Cuando la nieve se retira, deja ver lo que había debajo. Lo que el invierno no pudo borrar. Es un proceso real. Es la belleza de lo que se muestra tal cual es, sin la capa protectora del frío.
El deshielo es el ejercicio de recordar. Nos enseña, cómo hay cosas que pueden parecer estáticas, pero evolucionan lentamente. Parece que han parado, pero no del todo. Seguían ahí, viviendo la transformación a un ritmo lento. Y en algún momento, la transformación ya ha sucedido.
A veces el miedo, otras el dolor, nos paralizan. No nos permiten ver con claridad lo que está delante y solo acercándonos a la fluidez, tenemos un pequeño hueco para avanzar lentamente, probando. Y así, aunque no se perciba aparentemente un cambio claro, también se avanza. Solo así andamos, crecemos, evolucionamos: probando de una pequeña manera. Y a veces, sólo así, se ramifica como el agua y se llega a donde se quiere.
No hay fluidez sin ruptura. El deshielo comienza con una grieta, un sonido que rompe la perfección de lo blanco. Es vulnerabilidad. A veces solo hay que permitir dejar al agua pasar, para que pueda llegar por sí misma, sin caminos predefinidos. Porque en esa transición, en ese avance natural, es donde encuentra el sentido y permite que lo demás: las semillas, la tierra, el futuro, surja. Que pueda existir.
El deshielo nos recuerda que cada momento tiene sentido, que hay que apreciar lo que vivimos, porque la realidad es que nada es malo del todo. Nos lleva a algo, a otro paso, otro aprendizaje. Que necesitamos vivir el invierno, para poder sentir la primavera. Y siempre, sobrevivimos.
Después de todo este tiempo y en este momento, renacemos.
Amanecer en el invierno del Embalse de Valmayor